Mi mascota favorita
La peludita de la casa se ha ganado ha duras penas el cariño de todos los integrantes de la familia. Ha hecho de todo para que la queramos, la mimemos y para que se quede en casa. Siempre hemos tenido gatos en casa pues los adoramos y por que tenemos poco espacio. Pero un día decidimos que no volveríamos ha criar un felino. Hemos criado angoras, siameses, chusquitos, pero muy elegidos claro. Pero así atraíamos a los amigos de lo ajeno y se los llevaban. Azul Verde Amarillo, se llamó el gato más querido, se llamó el gato más querido, no era de raza pero lo adorábamos. Era hermoso su pelaje era negrísimo increíble, suavecito, brillante, con una cola esponjosa y escandalosa al menearla de un lado a otro, sus ojotes eran grandotes azules, que te atraían y hacían que te quedes mirándolos con ganas de cargarlo y papacharlo, pero mi negrito precioso era muy sobradito, creidito y encima el triangulito de pelaje blanco en el cuellito, hacía que se le vea muy elegante, pues simulaba una camisa dentro de un terno negro, y no permitía que ninguna persona, que no sea de la familia lo toque. Como obedeciendo a nuestra petición, de que nunca se deje agarrar por desconocidos, porque lo único que harían es alejarlo de nuestro amor.
Todo era maravilloso hasta que un día se enamoró de una perra, una gata fea y callejera que había estado con todos los gatos del vecindario y que seguro ya había tenido mil crías en su existencia. Lo que llevó a mi precioso a escaparse en las noches,
siguiendo los maullidos de la callejera. Así estuvo un tiempo, saliendo en las noches cuando pensaba que estaba dormida, y regresaba en las mañanas para ronronearme al oído y despertarme como siempre. Pero un día me levanté y mi papá me dijo que mi gato aún no regresaba. Me preocupe y comencé maldecir a la espantosa gata. Con mucha tristeza y aún un poco colérica, fui al colegio. Regresé como a las cuatro de la tarde a casa y pregunté por mi negrito bello, pero la respuesta fue negativa, aún no retornaba. Me asusté y me puse inquieta salí a buscarlo por todo el pasaje pero no lo encontré. Llegó la noche y al ver que ni el alma de Azul aparecía me eché a mi cama a llorar. Mis padres trataron de tranquilizarme pero no lo lograron pues me sentía demasiado apenada. Me dormí. A eso de las seis de la mañana, unos maullidos horrorosos me despertaron, lo reconocí, era mi divino gato, salí corriendo a la puerta y me llevé una gran sorpresa. Azulito estaba tendido ensangrentado en el suelo a un ladito de la puerta. Me asusté pero me acerqué y lo recogí cuidadosamente, acurrucándolo en mis brazos. Entramos a la casa, pero ahí mismo mi papá y yo nos dimos cuenta que la piel de su pierna estaba levantada, como si hubieran querido rebanarla. Desesperada lo llevé al veterinario y lo atendieron rápidamente. Iba a comenzar a preocuparme de cómo pagaría la cuenta y fue cuando recordé que era 14 de diciembre, o sea mi cumpleaños y por ello recibiría muchas propinas. Eran mis catorce años y los pasé muy triste. Al menos, mi consuelo fue que Azul salió bien de la cocidota que le mandaron. Me la pasé de enfermera por más de tres meses. A ese tiempo ya se había recuperado, pero su pata quedó media rara, lo que hizo que mis tíos lo llamaran “zapatón”, sobrenombre que no me gustaba para nada. Le decían así porque su pata izquierda, la rebanada, quedó más grande que la otra, pero bien cicatrizada felizmente. Hasta aquí todo muy bien, Pero un día al regreso del colegio, Azul no estaba, mi mamá me dijo que desde la mañana había abandonado su cama, algo raro ya que desde el accidente permanecía allí la mayor parte del día. Esta vez más que preocuparme, me enoje. Pasó un día y medio y no regresó, me puse a llorar, con el pensamiento de que seguro ya lo habían matado por la culpa de esa gatucha. Así que les dije a mis padres y a mi hermano que jamás volveríamos a tener gatos. Hasta que una tarde, después de varios meses, mi hermano Alo entró a la casa con una cosa espantosa con pelos de mil colores, entre sus manos, diciendo que lo había encontrado en la puerta de la casa. Yo grité “no, no, noooo !!! Gatos no!” y menos eso tan espantoso. Pero cuando el espantoso, me miró me puso sus ojitos encantadores que inmediatamente me cautivaron e hicieron que recuerde a mi gatito negrito, aunque sus ojos no eran azules, como Azul, tenían el mismo poder cautivador como los del negro, así que me callé y me fui hacia mi cama para dormir. Pasaron los días y ahí seguía esa cosa muy tímida paseándose por la sala. Cuando yo pasaba por ahí se escondía tras las patas de los sillones verdes, y buscaba mi mirada para cautivarme con sus ojos grandes verdes, como si supiera que me recordaba a Azul, siendo esa la razón por la que no la echaba de casa, si ella ,era hembra esa cosa y le pusieron por nombre Mela. Melita fue creciend
o, su pelaje siguió convirtiéndose en una combinación estrafalaria de colores. Era una huachafa, chusca, horrorosa pero su pelaje y porte fue transformándose como los de Azul. Era como si lo hubiera conocido, pues a veces veía a mi gato querido en ella, parecía que Mela lo imitaba, para ganarse nuestro cariño y además de hacernos mimos a mil por hora.
Pasó el tiempo, y no sé si fue porque tenia el mismo semblante de Blue o por nuestra idea de que podía ser hija de la callejera y Azul o simplemente nos acostumbramos a ella, como sea aún sigue en casa sin haber pisado una sola vez la calle, porqué está operada para que no le de ganas de ir a hacer hijitos. No es de mi admiración pero es buena acompañante que a veces se hace acreedora de unos efusivos apapachos muy melosos de mi parte.
La peludita de la casa se ha ganado ha duras penas el cariño de todos los integrantes de la familia. Ha hecho de todo para que la queramos, la mimemos y para que se quede en casa. Siempre hemos tenido gatos en casa pues los adoramos y por que tenemos poco espacio. Pero un día decidimos que no volveríamos ha criar un felino. Hemos criado angoras, siameses, chusquitos, pero muy elegidos claro. Pero así atraíamos a los amigos de lo ajeno y se los llevaban. Azul Verde Amarillo, se llamó el gato más querido, se llamó el gato más querido, no era de raza pero lo adorábamos. Era hermoso su pelaje era negrísimo increíble, suavecito, brillante, con una cola esponjosa y escandalosa al menearla de un lado a otro, sus ojotes eran grandotes azules, que te atraían y hacían que te quedes mirándolos con ganas de cargarlo y papacharlo, pero mi negrito precioso era muy sobradito, creidito y encima el triangulito de pelaje blanco en el cuellito, hacía que se le vea muy elegante, pues simulaba una camisa dentro de un terno negro, y no permitía que ninguna persona, que no sea de la familia lo toque. Como obedeciendo a nuestra petición, de que nunca se deje agarrar por desconocidos, porque lo único que harían es alejarlo de nuestro amor.
Todo era maravilloso hasta que un día se enamoró de una perra, una gata fea y callejera que había estado con todos los gatos del vecindario y que seguro ya había tenido mil crías en su existencia. Lo que llevó a mi precioso a escaparse en las noches,
siguiendo los maullidos de la callejera. Así estuvo un tiempo, saliendo en las noches cuando pensaba que estaba dormida, y regresaba en las mañanas para ronronearme al oído y despertarme como siempre. Pero un día me levanté y mi papá me dijo que mi gato aún no regresaba. Me preocupe y comencé maldecir a la espantosa gata. Con mucha tristeza y aún un poco colérica, fui al colegio. Regresé como a las cuatro de la tarde a casa y pregunté por mi negrito bello, pero la respuesta fue negativa, aún no retornaba. Me asusté y me puse inquieta salí a buscarlo por todo el pasaje pero no lo encontré. Llegó la noche y al ver que ni el alma de Azul aparecía me eché a mi cama a llorar. Mis padres trataron de tranquilizarme pero no lo lograron pues me sentía demasiado apenada. Me dormí. A eso de las seis de la mañana, unos maullidos horrorosos me despertaron, lo reconocí, era mi divino gato, salí corriendo a la puerta y me llevé una gran sorpresa. Azulito estaba tendido ensangrentado en el suelo a un ladito de la puerta. Me asusté pero me acerqué y lo recogí cuidadosamente, acurrucándolo en mis brazos. Entramos a la casa, pero ahí mismo mi papá y yo nos dimos cuenta que la piel de su pierna estaba levantada, como si hubieran querido rebanarla. Desesperada lo llevé al veterinario y lo atendieron rápidamente. Iba a comenzar a preocuparme de cómo pagaría la cuenta y fue cuando recordé que era 14 de diciembre, o sea mi cumpleaños y por ello recibiría muchas propinas. Eran mis catorce años y los pasé muy triste. Al menos, mi consuelo fue que Azul salió bien de la cocidota que le mandaron. Me la pasé de enfermera por más de tres meses. A ese tiempo ya se había recuperado, pero su pata quedó media rara, lo que hizo que mis tíos lo llamaran “zapatón”, sobrenombre que no me gustaba para nada. Le decían así porque su pata izquierda, la rebanada, quedó más grande que la otra, pero bien cicatrizada felizmente. Hasta aquí todo muy bien, Pero un día al regreso del colegio, Azul no estaba, mi mamá me dijo que desde la mañana había abandonado su cama, algo raro ya que desde el accidente permanecía allí la mayor parte del día. Esta vez más que preocuparme, me enoje. Pasó un día y medio y no regresó, me puse a llorar, con el pensamiento de que seguro ya lo habían matado por la culpa de esa gatucha. Así que les dije a mis padres y a mi hermano que jamás volveríamos a tener gatos. Hasta que una tarde, después de varios meses, mi hermano Alo entró a la casa con una cosa espantosa con pelos de mil colores, entre sus manos, diciendo que lo había encontrado en la puerta de la casa. Yo grité “no, no, noooo !!! Gatos no!” y menos eso tan espantoso. Pero cuando el espantoso, me miró me puso sus ojitos encantadores que inmediatamente me cautivaron e hicieron que recuerde a mi gatito negrito, aunque sus ojos no eran azules, como Azul, tenían el mismo poder cautivador como los del negro, así que me callé y me fui hacia mi cama para dormir. Pasaron los días y ahí seguía esa cosa muy tímida paseándose por la sala. Cuando yo pasaba por ahí se escondía tras las patas de los sillones verdes, y buscaba mi mirada para cautivarme con sus ojos grandes verdes, como si supiera que me recordaba a Azul, siendo esa la razón por la que no la echaba de casa, si ella ,era hembra esa cosa y le pusieron por nombre Mela. Melita fue creciend
o, su pelaje siguió convirtiéndose en una combinación estrafalaria de colores. Era una huachafa, chusca, horrorosa pero su pelaje y porte fue transformándose como los de Azul. Era como si lo hubiera conocido, pues a veces veía a mi gato querido en ella, parecía que Mela lo imitaba, para ganarse nuestro cariño y además de hacernos mimos a mil por hora.Pasó el tiempo, y no sé si fue porque tenia el mismo semblante de Blue o por nuestra idea de que podía ser hija de la callejera y Azul o simplemente nos acostumbramos a ella, como sea aún sigue en casa sin haber pisado una sola vez la calle, porqué está operada para que no le de ganas de ir a hacer hijitos. No es de mi admiración pero es buena acompañante que a veces se hace acreedora de unos efusivos apapachos muy melosos de mi parte.









